El niño de 6 años que cambió de sexo legal
By Genspect
Mucho se ha escrito sobre el auge del movimiento transgénero en el mundo anglosajón y en los países ricos e industrializados. Cuando el parlamento escocés aprobó una ley que facilitaba el cambio del sexo legalmente reconocido, y después de que el gobierno del Reino Unido bloqueara su entrada en vigor, hubo una enorme atención mediática. Lo mismo ocurrió cuando España aprobó su ley de autoidentificación, conocida popularmente como “ley trans”.Como la mayoría de quienes escriben sobre este tema están en países de habla inglesa, y existe una barrera idiomática, es comprensible pensar que esto solo ocurre en países occidentales. Pero la historia no termina ahí.
Quienes siguen este tema desde hace tiempo sabrán que en 2012 Argentina fue el primer país del mundo en aprobar la llamada Ley de Identidad de Género, que permite cambiar el sexo legalmente reconocido sin someterse a ningún procedimiento, sin un diagnóstico de disforia de género y sin intervención de los tribunales. Desde la aprobación de la ley, los ciudadanos argentinos pueden acudir a una oficina del Registro Civil y solicitar el cambio de su nombre y de su sexo legal en sus documentos oficiales de identidad. El trámite es meramente burocrático y “confidencial”, lo que significa que, una vez hecho el papeleo, otras personas no tienen cómo saber cuál era el nombre ni el sexo legal anterior de la persona.
En 2021, el entonces presidente Alberto Fernández aprobó por decreto un documento nacional de identidad que incluye la opción “no binario”. Argentina fue así el primer país de América Latina en hacerlo, sumándose a países como Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Pocas semanas después de la firma del decreto, el hijo de Alberto Fernández, de 26 años, solicitó un documento nacional de identidad con el marcador de sexo legal no binario.
El primer “niño trans” reconocido por la ley
Luana Mansilla (nacido en 2007 como Manuel), hoy adolescente, tiene un hermano mellizo. Cuando los niños Mansilla eran pequeños, su madre notó en Luana un comportamiento no conforme con el género. Esto generó tensiones en la familia: según se cuenta, el padre de Luana no estaba de acuerdo con sus intereses “de niña” y quería que mostrara más interés por las cosas de varones. Gabriela Mansilla, la madre de los niños, llevó a Luana a muchos médicos y psicólogos hasta que se le presentó el concepto de “niño transgénero”. Tras conocer este concepto, la madre de Luana encontró a un psicólogo que planteó que Luana podría ser en realidad una “niña trans”, como explicación de los comportamientos e intereses que la familia había observado.
Luana tenía 5 años cuando se aprobó la Ley de Identidad de Género en Argentina. La familia Mansilla quería un nuevo documento con marcador de sexo femenino para Luana, pero su caso fue remitido a un tribunal que le dijo a la familia que el niño era demasiado pequeño y que debían esperar hasta que Luana cumpliera 8 años. Sin embargo, la madre de Luana no aceptó esa decisión como definitiva y apeló a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien revocó la decisión del tribunal y le otorgó a Luana nuevos documentos de identidad con marcador de sexo femenino en 2013. Con 6 años, Luana se convirtió en el niño más joven del mundo en obtener un cambio legal de nombre y de marcador de sexo.
Desde entonces, Gabriela Mansilla se ha convertido en activista por los derechos de las personas transgénero. Fundó una organización llamada Infancias Libres y escribió un libro titulado Yo nena, yo princesa, que fue llevado al cine en 2021. La película cuenta la historia de Luana desde su nacimiento hasta 2013, cuando Manuel pasó a ser Luana con la emisión de un nuevo documento de identidad.
La película retrata la historia de Manuel/Luana en suaves tonos pastel: presenta a la madre como la defensora del niño, al padre como el villano, a Manuel/Luana como la víctima y a la identidad trans (a través de un documental de National Geographic y, más adelante, de un terapeuta de la gran ciudad) como la salvación. Según la película (y el pódcast en el que me enteré por primera vez de esta historia), el padre de Luana odiaba que su hijito jugara con muñecas y no se interesara por las cosas típicas de los niños. El comportamiento de Luana preocupó tanto a la familia que lo llevaron a un terapeuta. Este recomendó una terapia conductual “correctiva”, que consistía en fomentar su interés por cosas de niños y prohibirle actividades que le gustaban, como disfrazarse “de niña”.
Aunque Argentina presume de haber sido el primer país de América Latina en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, en 2010, parece que la hostilidad cotidiana hacia la homosexualidad sigue muy extendida en Argentina y en la región. Los datos son difíciles de interpretar porque los estudios tienden a agrupar a las personas LGB con las personas transgénero. No es descabellado pensar que el comportamiento de su hijo le pareciera extraño e incluso repulsivo al padre de Luana. Hay un momento en la película en que le dice explícitamente a la madre de Luana que no quiere un hijo gay, y lo hace usando un insulto que desde hace mucho tiempo se les lanza a los niños no conformes con el género.
El padre de Luana encarna al autoritario hipermasculino, mientras que su madre aparece como la defensora del niño. Gabriela Mansilla simplemente quiere que su hijo sea feliz, y por eso busca por todas partes una solución a la no conformidad de género de Luana, hasta que encuentra un documental que confirma la existencia de los “niños trans”, mucha información en internet y, luego, un terapeuta que plantea la pregunta de si Luana podría ser en realidad una “niña trans”. Con eso, la familia encuentra una solución: ¡nuestro hijo no es raro ni gay, es trans!
El movimiento trans no tolera la no conformidad de género en la infancia si no implica encaminar a los niños hacia intervenciones hormonales o quirúrgicas: ¿quieres una operación para tener un “cuerpo no binario”? ¡Claro! Pero si eres simplemente un niño común y corriente no conforme con el género, que quizá solo quiere vestirse de forma llamativa, no quieren saber nada de ti. Y lo mismo ocurre con niños como Luana. Su historia reúne los grandes éxitos del movimiento trans: un progenitor héroe, un progenitor villano, una identidad salvadora. Todo ello está impregnado de un acuerdo tácito: nadie quiere dejar que este niño crezca y se convierta en un hombre gay.
En un pódcast de 2019, Gabriela Mansilla contaba la historia como si hubiera sido su hijo quien marcó el camino desde el principio. El título del libro y de la película se refiere a algo que Manuel/Luana supuestamente dijo cuando apenas aprendía a hablar. Señalaba a una niña que vivía enfrente y decía “nena”, y un día, a los 20 meses de edad, dijo: “Yo nena. Yo princesa”. Solo cuando Gabriela supo de los “niños trans” se dio cuenta de lo que Manuel había intentado decirle cuando apenas aprendía a hablar. Entonces Gabriela se propuso buscar ayuda, para asegurarse de que Luana pudiera “ser princesa”, y así inició un camino que culminaría en una apelación directa a la Casa Rosada y en años de activismo.
La historia de Luana en contexto
La Ley de Identidad de Género de Argentina se cuenta entre las más progresistas del mundo. El gobierno argentino tiene un sitio web donde explica la ley en lenguaje sencillo: la ley da por sentado que los seres humanos pueden cambiar de sexo, define la identidad de género como enteramente autopercibida y explica que el Estado financiará las intervenciones hormonales y quirúrgicas. Los menores de 18 años pueden cambiar su marcador de sexo legal en los documentos oficiales, pero necesitan la autorización de un juez para someterse a procedimientos quirúrgicos. Las intervenciones hormonales, en cambio, dependen del “grado de madurez” del menor y requieren el consentimiento de los padres. Los padres también deben consentir el uso de bloqueadores de la pubertad, a los que los niños argentinos pueden acceder a partir de los 10 años.
Todo esto ocurre en un país cuya situación política y económica dista mucho de ser estable. Hablé con una integrante de Manada Argentina, una asociación de madres de hijos con disforia de género de inicio rápido (ROGD, por sus siglas en inglés), quien me dijo que la gente de su país no entiende el impacto de estas leyes: “solo lo sabemos quienes estamos sufriendo las consecuencias”. Pero tiene la esperanza de que el reciente cambio de gobierno traiga consigo políticos dispuestos a escuchar.
El movimiento trans se beneficia de historias como la de Luana: el relato emotivo de un niño “nacido en el cuerpo equivocado” y de una madre heroica que solo quiere que su hijo sea feliz y aceptado. Al amalgamar lo LGB con lo transgénero, el movimiento también consigue eludir las acusaciones de homofobia, que resulta bastante evidente en esta historia y en muchas otras. El movimiento trans también apuesta a que quienes nos oponemos a él no tengamos en cuenta su alcance internacional, multicultural y multilingüe. Bajo el disfraz de los derechos humanos, el lobby trans ha logrado colar una legislación radical de autoidentificación en muchos países del mundo, mucho más allá de Occidente.
La evolución de los relatos trans nos alerta sobre lo que la escritora Chimamanda Ngozi Adichie llama el peligro de la historia única. Por eso debemos abrir la conversación a historias que rompan ese relato: debemos escuchar las voces de detransicionistas y entender que muchas personas llegan a una identidad trans a través de experiencias muy distintas. Del mismo modo, debemos examinar los relatos que construimos al combatir la ideología de la identidad de género.
En el momento de escribir estas líneas, la autoidentificación de género existe de una u otra forma en la mayoría de los estados mexicanos, en gran parte de Sudamérica y en Pakistán. India y Nepal introdujeron terceras categorías, en la práctica un “tercer género”. El movimiento trans no es solo un problema de las naciones ricas e industrializadas. Parafraseando a la cineasta india Vaishnavi Sundar, mucho después de que los países occidentales hayan descubierto cómo derrotar al movimiento trans, otros países seguirán viviendo con sus consecuencias.
